martes, 26 de agosto de 2008

¿ A quien encuentras en una reunión de ex alumnos?




REUNIÓN DE EX ALUMNOS
(Ser adulto es cuando sabes que el presente tiene fantásticas perspectivas de felicidad…detrás tuyo).


Reencuentro con el pasado

Cuando todo lo que vivimos parece complotarse en contra de que podamos lograr algún encuentro cercano del tercer tipo con algún tipo, las mujeres saben que el último recurso es recurrir al rescate de los hombres de nuestro pasado. Quizás ya no tengamos sus teléfonos ni manera de localizarlos… salvo que nos inviten a una reunión de ex alumnos del colegio secundario.
La reunión de ex alumnos es un momento crucial en nuestras vidas.
Te reencuentras con gente con la que conviviste durante años en el pasado, todas las nostalgias llegan de golpe y pasas un buen rato a puro recuerdo.
Pero lo mejor de todo es acariciar la idea es reencontrarse con aquel primer amor, aquel muchacho hermoso que tantos suspiros nos arrancó en cada recreo, y que jamás volvimos a ver. Porque quizás a estas alturas te ha ido muy bien en el plano laboral y no tanto en el amoroso. Y quizás sea momento de sondear si puede haber posibilidades en los primeros amores, los muchachitos que nos gustaron en el pasado.

Porque la principal razón de ir a una reunión de ex alumnos es ver si te encuentras con el primer amor de juventud, aquel con quien descubriste al amor, y probar si es cierto aquello de “donde hubo fuego, cenizas quedan”.
Ya vas imaginando que lo encontrarás aún más apuesto que a los 17 años, que te reconocerá enseguida y te dirá “ No ha pasado un solo día sin que pensara en ti”, que retomarán el idilio con muchísima más pasión debido a la experiencia ganada, y que le comentarán a todo el mundo esta maravillosa anécdota de “Fuimos novios en el colegio, no nos vimos durante 25 años, y al reencontrarnos en una reunión de ex alumnos, nos dimos cuenta de que jamás debíamos habernos separado, y que nos seguíamos amándonos como el primer día”
¿ Podrá pasar algo así?
Cuando me tocó a mí la invitación para ir a la reunión de egresados, el primer impulso fue NO buscar un bolígrafo que funcionara, para anotar la dirección, fecha y hora del encuentro. Ya se sabe que los pulsos telefónicos afectan la tinta de las lapiceras, haciendo inútil toda lapicera que esté a menos de cinco metros a la redonda del teléfono. Si yo no anotaba nada, me olvidaría y evitaría los nervios y la ilusión de encontrarme con un primer amor. Pero el truco no funcionaría, porque la reunión se hacía el sábado siguiente a la llamada, y en la misma escuela donde asistí cada santo día del año durante cinco años consecutivos. Así que era imposible confundir la dirección u olvidar la fecha.
Entonces me puse a pensar el tema más importante para tal evento:
¿Qué me pongo?.
La idea no es aparecerse vestida en trajecito de lana como una anciana, ni intimidarlo con encaje negro y medias de red. Sin decidir del todo si iría o no al histórico evento, yo ya estaba pensando si iría vestida de ejecutiva de la cintura para arriba y de mujer fatal de la cintura para abajo, o viceversa. El problema era que yo quería que me reconocieran apenas llegara. ¡Nada peor que deambular en una fiesta de egresados y que nadie sepa quién eres, por lo mucho que has cambiado! Pensé en ponerme la misma ropa de mi juventud, aprovechando la moda hippie – retro- vintage de los últimos tiempos. El problema es que, aunque toda moda vuelve 30 años después, yo en mi casa no tengo sitio para guardar prendas durante 30 años esperando que se vuelvan a poner de moda. De todos modos, de haber conservado una sola blusa hindú de bambula, seguramente la blusa entera ya no me entraría ni en un brazo.
Como creo que no hay cosa peor que llegar a una fiesta sola, acordé ir en grupo con un par de ex compañeras, para juntar coraje entre todas y darnos aliento para pasar la puerta de entrada sin temor a que nos pongan media falta por llegar tarde.
Cuando llegamos, en esa tarde helada de invierno, ya había cola delante de la ventanilla de la escuela, para comprar los cupones que nos daban derecho a una hamburguesa y un vaso de vino o gaseosa.
Viendo que las mesas estaban hechas con tablones y caballetes, me felicité por haber elegido ir de jeans y botas informales de la cintura para abajo, y un sweater rojo y chaqueta negra , en lo que creí que era un sobrio estilo que gritaba: “No soy de las perdedoras. Soy sexy, pero no frívola, y tengo buen cuerpo, pero no voy a exhibirlo indecorosamente, porque quiero que vean que soy una mujer de carrera”. (¡Es increíble cuantas cosas puede decir un trozo de tela!) Todo fue en vano: apenas me vio, mi amiga me dijo “¿Por qué te vestiste tan seria si esto es informal y tendremos que sentarnos en el piso?”.
En el espacio que hacía años había sido la cantina aledaña al patio interno, vi un grupo de señores calvos panzones mal afeitados y peor vestidos, y señoras ojerosas entradas en carnes. Me horroricé pensando que había reunión de padres... ¡y yo no le había avisado a los míos! Pero al instante reaccioné...el asunto era mucho peor: ¡Todos esos ancianos eran mis compañeritos de la infancia!
Con esfuerzo, logré encontrar un par de caras levemente familiares: un par de ojos conocidos bajo una frente arrugada, una cara juvenil bajo una espalda combada, una sonrisa amiga rodeada de surcos que antes no estaban.
La memoria me jugó la peor de las pasadas: no supe definir de dónde conocía a cada uno.
Abracé emocionada a un ex compañero de mi hermana, que a mí ni me recordaba. Me senté a compartir un vino con un rubio de rizos a quien creí otro, hasta que nuestros recuerdos quedaron tan evidentemente desencajados y disímiles que descubrimos que no sólo no éramos compañeros de división, sino que ni siquiera habíamos sido compañeros de escuela. Era el marido de una de las pocas egresadas que conservaban su matrimonio con cierto grado de solidez. Me levanté de la silla plegable con la dignidad de un hipopótamo y me acerqué a conversar con alguien cuyo rostro me resultaba familiar. “Hola” va, “qué tal tu vida” viene, “¿Tu eres...? “y “¿Tú eras...?” mediante, descubrimos que probablemente nos conocíamos porque él era el hijo del farmacéutico de al lado de mi casa: un chico con quien durante veinte años nos evitamos concienzudamente el incómodo saludo cotidiano, para saludarnos en esta rara situación.
Salí corriendo hacia el patio, donde hacía tanto frío que el aliento hacía vapor. ¿O era la vergüenza que sentíamos todos los que estábamos allí?


Pisotones y encontronazos

El patio de la escuela, tantas veces recorrido, me llenó de nostalgias por los años en que lo había recorrido buscando ansiosa al chico que me gustaba a los 17 años, el de espaldas anchas, pasos largos, y frente alta. La nostalgia por las ilusiones perdidas fue tan grande, que resolví entrar a seguir metiendo la pata para no ponerme triste.
Salvo por mis entrañables amigas de siempre, la mayoría de los presentes eran perfectos desconocidos. Busqué algún rostro amigo. Después de todo, hacía un cuarto de siglo que no veía a esa gente, y probablemente al que no viera esa noche no volvería a ver nunca más.
El lugar estaba superpoblado por familias aburridas apoltronadas en sus sillas, instando a sus hijos de seis años a que defiendan su silla “o te quedarás de pie” Esta “caza de sillas” obligó a los adultos a quedarnos conversando de pie hasta que nos dolieran los pies, momento en que se podía pedir, con cara de dolor extremo “por favor una silla, que no doy más “. Pero estar sentada implicaba estar aguantando a los párvulos trepados a los respaldos, desparramando mayonesa por las mesas. Cuando me di cuenta de que esos chicos formaban la generación que venía a reemplazarnos a los que íbamos camino a convertirnos en carcamanes, me alejé de la zona de sillas. Preferí sufrir dolor de pies a sufrir dolor del alma.
Entonces empecé a circular entre la multitud, tratando de reunir la mayor cantidad de chismes para contarle a los que no habían ido y seguramente me preguntarían qué pasó y qué es de la vida de cada uno de los que sí se habían animado a ir.
Y bueno...seguí metiendo la pata a troche y moche, mezclándome personas con historias que nada que ver, preguntando si había superado el divorcio a la que era viuda y si estaba embarazada a la que estaba simplemente gorda.

En las reuniones de egresados una se la pasa aclarando equívocos:
- Recuerdo que tú te sentabas adelante del pizarrón, porque veías mal.- decía yo.
- No, yo siempre me senté atrás. Y jamás tuve problemas de visión.
- ¿Quién era el que se sentaba adelante?
- Era el pelirrojo que se sentaba contigo.
- Yo nunca me senté con un pelirrojo. Pero tú siempre conversabas con la profesora de Inglés, esa rubia que te encantaba...
- Yo no tuve profesora, tuve profesor de Inglés.
- ¿Pero no eres egresado de 5to Ciencias Biológicas?
- No, yo hice 5to Físico Matemático...
- Uy, se ve que nos confundimos... ¿Tienes fuego?
- No fumo.
- Bueno, encantada de desconocerte.



Tu ex gran amor está casado y tiene niños rubios


Después me alejé pensando que, aunque no acertaba una, ese diálogo no estaba para nada mal como para hacerle un abordaje al lindo de la escuela, si es que lo encontraba por algún lado.
Si para algo sirve cumplir años, es que si una a los 17 años prefería que la desollaran antes que hablarle al chico más lindo de la escuela... pasados unos años se anima... ¡porque es ahora o nunca!
Con la autoestima en alto y los ojos cansados, seguí escrutando entre las calvas brillosas y las barrigas sucias de ketchup por si acaso mi amor imposible pudiese haberse arruinado tanto como para tener el aspecto de su propio abuelo.
Desconsolada, descubrí que los amores imposibles nunca asisten a las reuniones de ex alumnos. Tal vez porque las brujas de sus mujeres no los dejen, a sabiendas de que dejaron más de un corazón partido entre recreo y recreo.
Entonces fui directo a hablar con mi amiga Marisa, y le dije:
- Creo que ya es hora de irnos: me comí la hamburguesa, me tragué un mal vino, dije mil tonterías, me muero de frío, me duelen los pies, me hago pis y no vi aparecer ni a uno de mis ex amores de la juventud. Así que vamos.
- ¿Cómo que no viste a ninguno? ¡Si recién lo acabo de ver a Eduardo Gómez Iriarte con una lata de cerveza en la mano!
Emocionada, agarré a mi amiga de las solapas y le dije:
- ¿Dónde está?
- No sé, creo que iba hacia la puerta... Se debe estar yendo...
- ¡Quiero verlo! ¡Acompáñame! – le dije.
Corrimos hacia la puerta y en eso se me ocurrió preguntarle:
- Dime una cosa, Marisa... ¿Y tú cómo sabes que a mí me gustaba Eduardo Gómez Iriarte?
- ¡Ay, por favor! ¿No recuerdas que todas estábamos locas de amor por él?
- No te puedo creer... ¡Si era MI gran amor!
- ¡No me digas que saliste con él y no me contaste...!
- ¿Estás loca? ¡Nunca salí con el! Bailé un tema lento en una fiesta, me dio un beso de lengua, me dijo que yo le gustaba, le di mi teléfono y nunca me llamó. Pero por qué no me contaste que te gustaba a ti?
- ¡Creí que lo sabías!

Igual que cuando salíamos al recreo juntas del brazo a los 14 años, corrimos las dos, ansiosas y jadeantes, a ver si alcanzábamos a distinguir al guapísimo del tranco largo, la frente alta y los dientes perfectos.
¡Ahí estaba él!...Su pelo rubio, lacio y largo, brillando con destellos dorados, igual que siempre. Sus espaldas anchas y sus pasos largos, inconfundibles.
Tanto miré a ese tipo en mi adolescencia que podría distinguirlo de noche en Tokio, y aunque estuviera disfrazado de japonés.
Como cuando éramos nenas, mi amiga y yo nos abrazamos, conmocionadas:
- ¡Es él!
- ¡Sí...! ¡Está igual… y aún más guapo!
- ¡Acércate y salúdalo!
- ¿Y qué le digo? ¿Que gustábamos de él? ¡Ve tú!
- ¿Estás loca? ¿Y qué le voy a decir? ¿Que nos firme un autógrafo?
Él miraba sin ver, alrededor suyo, pagado de sí mismo como los que se saben observados. Hasta que sus ojos se toparon con los míos...
- ¡Te está mirando! -me dijo Marisa.
El corazón me golpeó con tanta fuerza que temí que se escuchara.





Moretones en el alma



Y justo cuando él me miró por un segundo, súbitamente frunció el seño y gritó:
- ¡Sofíaaaa!
El vozarrón rebotó en las paredes y me magulló el alma. Detrás de mí vino corriendo una especie de gnomo de pelo color remolacha y culo gordo que le dijo:
- ¡Ya voooooy!- y se lanzó hacia él, tomándolo de la mano.
Detrás de ella vivieron otras cuatro mujeres gritonas y atropelladas, y se colgaron de distintas partes de él. Detrás de ellas, como patitos, llegaron tres chicos todos tan rubios como él, colgándose de las mujeres.
Miré a la de pelo rojo: era una ex alumna de la escuela. Una de esas feas, que se llevaban a los mejores chicos porque se les echaban encima, cuando las demás éramos recatadas. Las demás tenían aspecto de cuñadas de él, tan feas como la gorda de pelo rojo. El resto era la cría. Todos nenes rubios y preciosos como él.
El se dio cuenta que lo mirábamos extasiadas. Y sonrió divertido, como cuando estaba en quinto año, para darnos la espalda con indiferencia absoluta. El grupo salió del colegio, y con Marisa los vimos perderse en la esquina, gritando, seguramente camino a su autito destartalado que arranca sólo si es empujado por cinco gordas gritonas de pelo rojo. Pero no fue así. No se metieron en un cochecito feo, sino en una camioneta importada 4x4 cero kilómetro, muy felices. Y el cochazo arrancó y se perdió en la oscuridad de la noche. La vida no siempre es justa. No sé si fue el viento helado o nuestros suspiros los que hicieron un remolino de servilletas sucias de ketchup en el piso.
- Bueno, ya lo vimos.
- Está igual.
- ¡Está divino!
- Y bien custodiado, como siempre.
- No perdió un pelo.
- ¡…y no engordó un gramo!
- Debe tener mal aliento.
- Y mal carácter.
- No debe lavar un plato en su casa.
- Y a la gorda le debe poner los cuernos.
- Seguro- dijimos, seguras de que no era así.

No teníamos más nada que hacer allí.
Nos despedimos de unas pocas personas con las que quedamos en volver a vernos cualquier día de estos, sabiendo que no nos volveríamos a ver nunca más.
Pese a todo, creo definitivamente que HAY QUE IR a las reuniones de ex alumnos y a los aniversarios de egresados, para comprobar que:

a) El tiempo nos pasa a todos por igual.
b) Los sentimientos siguen intactos aunque pasen los años.
c) Los malos alumnos pueden convertirse en adultos exitosos...y viceversa.
d) Alguna gente envejece peor que una.
e) Otra envejece mucho mejor: ignórala.
f) Las feas se casan con los más lindos.
g) A las putas les va mejor que a las buenas.
h) Las más lindas siguen solas
i) Por eso mismo, no valía la pena ir a la peluquería para el evento.
j) Los lindos que nunca nos miraron, siguen sin mirarnos.
k) Los pretendientes que siguen enamorados de una, están sin plata, sin pelo y sin dientes.
i) Por mal que la puedas pasar, la reunión de ex alumnos muestra que aún tienes vida social.
l) Una amiga es aquella con quien puedes compartir esa terrible noche... (y guardar con ella el secreto sobre todo lo que pasó).
m) Saliendo se conoce y se reencuentra gente. Y vuelves feliz pensando “menos mal que no me casé con ninguno de ellos”.

Pero entonces …¿ con quién?

2 comentarios:

mario nuñez dijo...

Me hiciste reir como loca...todo es cierto.
Un abarazo

mario nuñez dijo...

Me hiciste reir como loca...todo es cierto.
Un abarazo